Por qué un déficit puede esconderse aunque el presupuesto cuadre

Un presupuesto público puede estar equilibrado y, aun así, no estar sano. Esa es una de las trampas más habituales del debate fiscal. El titular dice que el agujero se ha cerrado. La contabilidad muestra una cifra más amable. Pero debajo puede seguir existiendo el mismo problema de fondo: gastos permanentes financiados con ingresos temporales, costes aplazados o previsiones demasiado optimistas.

La polémica reciente sobre el supuesto ajuste sin recortes en Nueva York, comentada por Juan Ramón Rallo a propósito del plan de Mamdani, sirve para explicar una idea mucho más general. No basta con preguntar si las cuentas cuadran este año. Hay que preguntar cómo cuadran, durante cuánto tiempo y qué obligaciones quedan fuera de la foto.

Mesa de análisis financiero con documentos presupuestarios, calculadora y gráfico rojo en una tableta
Un presupuesto equilibrado sobre el papel puede esconder déficits futuros si depende de ingresos no recurrentes o gastos aplazados.

La diferencia importa porque los gobiernos no solo gestionan el presente. También comprometen impuestos futuros, servicios futuros y deuda futura. Si el equilibrio de hoy se compra trasladando costes a mañana, el ajuste no ha desaparecido. Solo se ha movido de sitio.

En el caso de Nueva York, el informe del Comptroller sobre el presupuesto adoptado para 2026 ya advertía de riesgos relevantes: un presupuesto de 115.910 millones de dólares, ausencia de nuevas aportaciones al fondo de emergencia, falta de un plan de ahorro y costes recurrentes que, según su oficina, estaban infraestimados.

La pregunta importante no es si un presupuesto cuadra una vez, sino si puede seguir cuadrando cuando desaparecen los parches.

El truco está en distinguir caja y estructura

Una administración puede cerrar un déficit de caja de muchas maneras. Puede recibir una transferencia extraordinaria. Puede adelantar ingresos. Puede retrasar pagos. Puede usar remanentes. Puede vender activos. Puede rebajar reservas. Puede proyectar más recaudación de la que luego llega.

Algunas de esas medidas pueden ser razonables en una emergencia. El problema aparece cuando se presentan como si fueran una solución estructural. Si el gasto permanente sigue creciendo y los ingresos que lo financian son temporales, el presupuesto se parece a una familia que paga la hipoteca con una paga extra irrepetible y concluye que ya no tiene problema de ingresos.

El déficit estructural es precisamente eso: la parte del desequilibrio que no se arregla por un golpe de suerte, una transferencia puntual o un aplazamiento contable. Es el hueco que queda cuando se mira el presupuesto como una trayectoria, no como una foto.

Qué enseña el caso de Nueva York

Rallo resumía el caso como un ejemplo de ajuste anunciado sin recortes reales: parte del cierre vendría de ayudas temporales, diferimientos y una presentación incompleta del gasto futuro. Aunque cada cifra concreta debe leerse junto a los documentos presupuestarios oficiales, la crítica apunta a un mecanismo conocido: confundir equilibrio formal con sostenibilidad fiscal.

Los propios informes públicos sobre Nueva York muestran por qué esa distinción es relevante. El Comptroller señalaba que el presupuesto adoptado para 2026 no preparaba suficientemente a la ciudad para riesgos federales, no añadía nada nuevo al rainy day fund ni a la reserva general y no incorporaba un plan de ahorro. También estimaba que el plan dejaba sin reconocer una media de 5.150 millones de dólares anuales en gasto neto financiado por la ciudad durante los años del plan.

La tabla del plan financiero municipal mostraba equilibrio en 2026, pero brechas proyectadas de 5.044 millones en 2027, 6.103 millones en 2028 y 5.964 millones en 2029. Y el análisis del Comptroller, tras sus propios ajustes, elevaba los huecos restados hasta 4.217 millones en 2026, 8.826 millones en 2027, 9.953 millones en 2028 y 8.535 millones en 2029.

Ese contraste es exactamente el punto. Una ciudad puede aprobar un presupuesto formalmente equilibrado y, al mismo tiempo, arrastrar presiones de gasto, riesgos de ingresos y compromisos futuros que hacen que el equilibrio sea mucho menos sólido de lo que parece.

Cuatro maneras de cerrar un agujero sin resolverlo

Recurso contablePor qué puede engañar
Transferencias extraordinariasAyudan una vez, pero no financian programas permanentes año tras año.
Gastos diferidosMejoran el saldo actual a costa de cargar la factura al futuro.
Previsiones optimistasPermiten gastar hoy sobre ingresos que quizá no lleguen mañana.
Costes infraestimadosOcultan obligaciones previsibles como personal, ayudas, salud, deuda o programas sociales.

La tentación política es evidente. Decir que se ha cerrado un déficit sin recortar nada suena mejor que admitir que hay que priorizar. También suena mejor que explicar que un programa nuevo exige impuestos permanentes, deuda permanente o renuncias en otras partidas. Pero la economía no desaparece por esconderla debajo de una línea contable.

En el fondo es una variante del problema del gasto con dinero ajeno. Cuando el coste se difiere, se reparte entre contribuyentes futuros o se diluye dentro de deuda pública, el incentivo a medir bien la rentabilidad de cada euro se debilita. El gasto visible tiene beneficiarios presentes. El coste queda disperso.

Por qué subir impuestos a los ricos no basta

Otra confusión frecuente consiste en creer que cualquier expansión de gasto puede financiarse subiendo impuestos a un grupo pequeño. A veces hay margen para subir un impuesto concreto. Pero eso no elimina las restricciones económicas. La base imponible se mueve, la recaudación fluctúa, los contribuyentes ajustan su conducta y los servicios permanentes requieren ingresos permanentes.

La curva de Laffer no dice que toda bajada de impuestos recaude más ni que todo impuesto sea imposible. Dice algo más sobrio: los tipos fiscales alteran incentivos y, a partir de cierto punto, recaudar no consiste solo en subir el porcentaje legal. Importan la base, el comportamiento, la movilidad y la confianza.

Por eso un plan serio debe explicar la aritmética completa. Cuánto cuesta el programa cuando esté desplegado. Qué ingreso lo sostiene de forma recurrente. Qué pasa si la economía se frena. Qué gastos se desplazan. Qué reservas quedan. Y qué parte del supuesto equilibrio depende de hipótesis que no controla el gobierno.

El gasto nuevo no desaparece por no presupuestarlo

El mayor problema de los presupuestos políticos no suele estar en las partidas que todo el mundo ve, sino en las que se infradotan de forma repetida. Horas extra, asistencia social, vivienda, educación, sanidad, pensiones, intereses de deuda o mantenimiento de infraestructuras pueden aparecer año tras año por debajo de su coste real esperado.

Cuando eso ocurre, el presupuesto deja de ser una herramienta de decisión y se convierte en una herramienta de relato. Permite anunciar prioridades sin reconocer su precio total. Permite prometer equilibrio sin reconocer qué partidas necesitarán dinero adicional durante el ejercicio. Permite aprobar gasto sin admitir todavía el impuesto o el recorte equivalente.

La consecuencia es una pérdida de transparencia. El ciudadano cree que se han financiado todos los compromisos, pero en realidad se le ha presentado una versión parcial del coste. Y cuando la factura llega, la explicación oficial suele ser que apareció una emergencia, que faltó ayuda externa o que la coyuntura empeoró. A veces es verdad. Otras veces era previsible desde el principio.

La deuda convierte el maquillaje en fragilidad

Un municipio, una región o un Estado pueden sostener durante un tiempo ese tipo de equilibrios aparentes. Si el crédito es barato y los mercados confían, la presión tarda en sentirse. Pero la deuda convierte cada aplazamiento en una obligación futura. Y cuando los tipos suben, los errores acumulados dejan de ser detalles técnicos.

Este punto conecta con una lección más amplia sobre riesgo e incertidumbre. Los inversores, empresas y familias pueden convivir con cierto nivel de deuda si las reglas son claras y la trayectoria fiscal parece razonable. Lo que encarece todo es la sospecha de que el gobierno está usando trucos para ganar tiempo.

La confianza fiscal no se destruye solo por un gran impago. También se erosiona poco a poco cuando cada presupuesto necesita más excepciones, más ingresos no recurrentes y más promesas de que el ajuste llegará después. El mercado no siempre castiga de inmediato. Pero cuando lo hace, el margen político ya suele ser menor.

La lección liberal de la contabilidad pública

La lectura liberal no consiste en negar que existan necesidades públicas. Consiste en exigir que se valoren con precios reales, restricciones reales y responsabilidad real. Si una política merece financiarse, debe poder defenderse con su coste completo delante. Si no puede sostenerse sin ingresos temporales o maquillaje contable, quizá no es tan gratuita como se prometía.

Los presupuestos públicos deberían obligar a elegir. Esa es precisamente su función civilizadora. Ordenan prioridades, revelan costes de oportunidad y muestran qué promesas son compatibles entre sí. Cuando se convierten en una técnica para ocultar el coste de las promesas, degradan el debate democrático.

Un ajuste sin recortes puede existir si hay crecimiento real de ingresos, eliminación de despilfarro, reforma de incentivos o aumento sostenible de productividad. Lo que no existe es un ajuste permanente basado en parches temporales. Eso no es austeridad inteligente ni expansión social responsable. Es una factura enviada al futuro con mejor diseño gráfico.

Qué mirar antes de creerse un presupuesto milagroso

  • Si el equilibrio depende de ingresos temporales o recurrentes.
  • Si los gastos nuevos aparecen anualizados o solo parcialmente.
  • Si hay costes aplazados, prepagos o cambios de calendario.
  • Si las reservas aumentan o se usan para cuadrar el año.
  • Si los informes independientes proyectan brechas mayores que el gobierno.
  • Si el plan explica qué ocurre cuando la economía crece menos de lo previsto.

La política adora los presupuestos milagrosos porque permiten prometer sin elegir. La economía, en cambio, siempre acaba preguntando quién paga, cuándo paga y qué se sacrifica. Esa pregunta no es ideológica. Es la condición mínima para que las cuentas públicas dejen de ser propaganda y vuelvan a ser información.

Lecturas y documentos citados