La inflación tiene una ventaja política enorme: casi nadie la ve como un impuesto cuando llega. Primero suben los precios. Después suben algunos salarios para intentar compensar esa pérdida de poder adquisitivo. Y, si el IRPF no se ajusta al mismo ritmo, Hacienda termina cobrando más a trabajadores que no necesariamente son más ricos.
Ese es el centro del debate que han reactivado los gráficos de Jon González sobre salarios, inflación e IRPF. La cifra que más ruido ha hecho es sencilla de entender: un salario bruto de 18.000 euros en 2026 puede parecer mayor que su equivalente de 2019, pero si solo compensa inflación, la renta real no mejora. Aun así, la cuota fiscal puede subir de forma apreciable.

La discusión no depende de convertir a Jon González en autoridad única. Sus gráficos sirven como disparador porque ponen números a un mecanismo conocido: la progresividad en frío. El contraste oficial también apunta al mismo problema. Hacienda presume de haber ampliado deducciones para rentas bajas en 2026 y de mantener exentos a los perceptores del SMI, mientras los datos del INE recuerdan que el IPC mide precisamente la pérdida de valor de esos euros nominales.
La trampa está en el salario nominal
Un salario puede subir en euros y no subir en poder de compra. Si una persona ganaba 14.290 euros en 2019 y hoy necesita unos 18.000 para comprar una cesta parecida, el número nominal ha crecido, pero la mejora real puede ser nula. Para el trabajador, esa subida no es una fiesta. Es una reparación parcial del daño que antes causó la inflación.
El IRPF, sin embargo, se calcula sobre euros nominales y con reglas concretas. Cuando los mínimos, reducciones, deducciones y tramos no acompañan plenamente a los precios, una parte de la subida salarial destinada a no empobrecerse se convierte en más base fiscal. El Estado no ha aprobado necesariamente una subida visible de tipos. Le basta con dejar quietas algunas piezas mientras los precios hacen el trabajo.
La inflación no solo encarece la cesta de la compra. También puede empujar al trabajador hacia una factura fiscal mayor sin que su vida mejore.
Por eso el caso de los 18.000 euros es potente. No porque resuelva por sí solo toda la política fiscal española, sino porque obliga a mirar el impuesto como lo ve una familia: cuánto queda después de precios, nómina, cotizaciones e IRPF. Si los euros suben pero la renta disponible real no, hablar solo de rebajas nominales puede ocultar una subida efectiva.
El Gobierno puede bajar el impuesto y recaudar más
La respuesta oficial tiene una parte cierta. El Ministerio de Hacienda aprobó en febrero de 2026 una ampliación de la deducción para rentas bajas. Según la nota del propio ministerio, el SMI de 17.094 euros queda exento de IRPF y la deducción beneficia a sueldos de hasta 20.000 euros. Eso existe y conviene contarlo.
Pero esa verdad no elimina la otra. Una rebaja puntual puede convivir con progresividad en frío si el conjunto del impuesto no se actualiza de forma suficiente. El contribuyente no vive dentro de una nota de prensa. Vive dentro de una nómina. Y en esa nómina importan todos los elementos a la vez: salario bruto, cotizaciones, mínimos, deducciones, retenciones, inflación y comunidad autónoma.
El truco político está en comparar cosas distintas. Si se compara el IRPF de un salario nominal de 17.000 euros en 2026 con otro salario nominal similar de años anteriores, puede parecer que el trabajador sale ganando. Si se compara la renta ajustada por inflación, la pregunta cambia: cuánto paga una persona que conserva una capacidad de compra parecida. Ahí aparece el coste silencioso.
Por qué golpea también a las rentas bajas
Se suele pensar que la progresividad en frío es un problema de clases medias altas que saltan de tramo. No siempre. En rentas bajas, pequeños cambios de salario pueden afectar reducciones y deducciones que se van perdiendo a medida que sube la renta declarada. El golpe no siempre llega por entrar en un tramo marginal más alto. Puede llegar por perder una ayuda fiscal que antes neutralizaba parte del impuesto.
Esto hace que el fenómeno sea menos visible y más difícil de discutir. La factura final no depende solo de una tabla sencilla. La AEAT publica tipos y reglas de retención, pero el resultado concreto sale de un algoritmo con circunstancias personales, familiares y laborales. Esa complejidad permite que el debate se convierta en una pelea de ejemplos, cuando la cuestión de fondo es más simple: si los precios suben, las reglas fiscales también deberían mirarse en términos reales.
Desde una mirada liberal, el problema no es que exista progresividad en el IRPF. El problema es que el Estado aumente su mordida real sin explicitarlo, aprovechando una inflación que primero ha erosionado salarios y ahorros. Si se quiere subir impuestos, que se diga. Si no se quiere subirlos, hay que ajustar el sistema para que el contribuyente no pague más solo por no empobrecerse.
Deflactar no es regalar dinero
Cuando se propone deflactar el IRPF, la réplica habitual es que el Estado perdería recaudación y tendría menos margen para financiar servicios. Pero esa forma de plantearlo ya concede demasiado: trata como pérdida pública lo que en realidad es renta privada que el Estado captura por no adaptar sus reglas a precios más altos.
Deflactar no significa que nadie deje de pagar impuestos. Significa impedir que una subida puramente nominal se convierta automáticamente en más carga fiscal real. El trabajador que gana más euros porque todo cuesta más no está recibiendo un privilegio si mantiene parte de esa subida. Simplemente evita que la inflación sea doblemente confiscatoria: primero por precios y después por impuestos.
La alternativa honesta es discutir el tamaño del Estado con números explícitos. Si España necesita recaudar más, el Gobierno debería defender una subida fiscal clara y someterla al debate público. Lo que no tiene sentido es presentar como alivio fiscal un sistema que, en términos reales, puede seguir extrayendo más de nóminas que solo intentan no perder poder adquisitivo.
Qué conviene mirar en la próxima rebaja fiscal
- Si la rebaja se calcula sobre salarios nominales o sobre poder adquisitivo equivalente.
- Si se actualizan mínimos, reducciones, deducciones y tramos, no solo un elemento aislado.
- Si el alivio llega a trabajadores que superan por poco el SMI o desaparece de golpe.
- Si el Gobierno compara cuotas fiscales con inflación acumulada o solo con euros corrientes.
La inflación ha sido uno de los grandes recaudadores silenciosos de los últimos años. Por eso el debate del IRPF no debería girar solo en torno a si una deducción sube o baja. La pregunta importante es otra: si una familia trabaja más o cobra más euros solo para seguir igual, por qué el Estado debería quedarse una parte mayor de esa carrera contra los precios.
Fuentes consultadas
- Archivo de gráficos económicos de Jon González.
- Libre Mercado, datos de Jon González sobre IRPF e inflación.
- El Diario de Madrid, debate fiscal sobre IRPF y rentas bajas.
- Ministerio de Hacienda, deducción de IRPF para rentas bajas en 2026.
- INE visual, serie del IPC en España.
- AEAT, cuadro de tipos de retención del IRPF 2026.
