El Ministerio de Hacienda puede enseñar una foto amable: hasta marzo de 2026, el déficit de las Administraciones Públicas se situó en el 0,24% del PIB, un 31,2% menos que en el mismo periodo del año anterior. El Estado, además, cerró abril con una necesidad de financiación del 0,15% del PIB. Sobre el papel, parece una señal de control.
Pero una foto mensual no dice si el gasto público está encarrilado. La pregunta importante no es solo cuánto déficit aparece en marzo, sino qué compromisos permanentes se están acumulando para 2026, 2027 y 2028. Ahí es donde la AIReF introduce la parte incómoda: el gasto primario neto crecería bastante más de lo comprometido en el plan fiscal español.

La diferencia importa porque los Estados no quiebran por un mal titular de un mes. Se deterioran cuando normalizan un nivel de gasto que exige cada año más impuestos, más deuda o más inflación futura. España puede tener un dato coyuntural favorable y, a la vez, mantener una trayectoria fiscal demasiado cómoda para la política y demasiado cara para los contribuyentes.
Una foto mensual no es una senda fiscal
El déficit de los primeros meses del año suele ser especialmente delicado de interpretar. Depende del calendario de ingresos, de pagos que se concentran en ciertos momentos, de dividendos públicos, de liquidaciones fiscales y de partidas que todavía no han aflorado. Sirve para seguir la ejecución, pero no para declarar que el problema estructural ha desaparecido.
La propia nota de Hacienda menciona factores concretos de ingresos, como mayores dividendos y otras rentas, y explica también aumentos de gasto ligados a personal. Es decir, incluso en una nota positiva se ve que las cuentas públicas mezclan elementos puntuales con obligaciones que se repiten. La política suele quedarse con la primera parte. La sostenibilidad exige mirar la segunda.
El gasto público no se controla cuando un mes sale bien, sino cuando las promesas permanentes caben en ingresos sostenibles.
La AIReF lo formula de otra manera: las cuentas públicas no se entienden mirando solo un año. Una medida temporal puede alterar el déficit de un ejercicio, pero una subida estructural de gasto deja compromisos futuros. Lo mismo ocurre con defensa, intereses, envejecimiento, pensiones, nóminas públicas o transferencias que nacen como excepción y terminan como derecho adquirido.
La regla de gasto no arregla el problema por sí sola
El informe de seguimiento del Plan Fiscal y Estructural de Medio Plazo es claro. La AIReF prevé que el gasto primario neto de medidas de ingresos crezca un 5% anual en promedio entre 2025 y 2028. El compromiso del plan era del 3,4%. La desviación no es estética: implica que la cuenta de control acumulada superaría el límite desde 2026 y alcanzaría el 2,1% del PIB en 2028 si no hay medidas adicionales.
Incluso al aplicar la cláusula de escape nacional para acomodar el aumento del gasto en defensa, el problema no desaparece. Según la AIReF, en 2026 la cuenta acumulada quedaría justo en el límite, pero volvería a superarlo en 2027 y 2028. La institución estima que harían falta medidas adicionales equivalentes al 0,6% del PIB en 2027 y al 0,3% del PIB en 2028.
La conclusión es incómoda para cualquier Gobierno: una regla fiscal puede cumplirse formalmente durante un tramo y aun así no disciplinar bien el gasto. Si la regla se llena de excepciones, si llega tarde o si no obliga a priorizar, se convierte en un procedimiento administrativo. Sirve para ordenar papeles, no necesariamente para contener el tamaño del Estado.
El déficit bajo no siempre significa Estado barato
España no parte de una posición fiscal limpia. La deuda pública cerró 2025 en torno al 100,8% del PIB según el observatorio de deuda de la AIReF. Con una deuda de ese tamaño, los intereses no son una anécdota y cualquier relajación presupuestaria reduce margen para bajar impuestos, responder a una crisis o absorber un shock de tipos.
Además, un déficit relativamente contenido puede convivir con un Estado muy caro si los ingresos también han subido mucho. Esa es una trampa habitual del debate público. Se celebra que el déficit no se dispare, pero se olvida preguntar cuánto se está extrayendo de familias, empresas y trabajadores para sostener ese equilibrio. Desde una perspectiva liberal, el éxito fiscal no consiste en gastar todo lo que se recauda sin superar el 3%. Consiste en que el sector público no capture más recursos de los necesarios.
Por eso la discusión no debería limitarse a si España incumple o no una regla europea. La pregunta previa es si el gasto que se consolida mejora la vida de los ciudadanos más de lo que cuesta en impuestos actuales, deuda futura y menor libertad económica. Si no se mide esa relación, la política siempre encontrará una razón para gastar más.
El gasto temporal casi nunca se retira solo
La experiencia fiscal española muestra una pauta repetida: una crisis justifica una partida, la partida genera beneficiarios, los beneficiarios presionan para mantenerla y el presupuesto siguiente arranca desde un escalón más alto. Lo excepcional se vuelve base. Lo temporal se vuelve permanente. Lo urgente se vuelve estructura.
Ese mecanismo es más peligroso que una desviación concreta del déficit, porque cambia los incentivos del sistema. Si cada ministerio sabe que el gasto nuevo rara vez se revisa de verdad, su prioridad será blindar programas, no demostrar resultados. Si cada administración asume que el ajuste lo hará otra, el conjunto termina gastando por encima de lo que prometió.
La AIReF habla de coordinación entre administraciones y de cumplimiento de reglas. Es necesario, pero no suficiente. También hace falta una cultura presupuestaria que obligue a elegir. Un Estado que quiere hacerlo todo termina haciendo demasiadas cosas mal y cobrando demasiado por ellas.
Qué significaría controlar el gasto de verdad
Controlar el gasto no significa recortar a ciegas. Significa separar lo permanente de lo temporal, exigir evaluación real de programas, eliminar duplicidades, revisar subvenciones con fecha de caducidad, publicar costes completos y dejar de financiar nuevas promesas con ingresos cíclicos. También significa no usar cada mejora de recaudación como excusa para crear otro compromiso estructural.
La disciplina fiscal seria empieza por una regla sencilla: si una medida va a durar, debe explicarse cómo se paga en el tiempo y qué gasto deja de hacerse para financiarla. Sin esa restricción, el presupuesto se convierte en una lista de deseos con cargo al contribuyente futuro.
El dato de marzo puede ser bueno. La advertencia de la AIReF también puede ser correcta. No hay contradicción. Una cosa mide una foto parcial; la otra mira una senda. España no necesita propaganda fiscal de corto plazo. Necesita un presupuesto que deje de confundir crecer, recaudar más y gastar más con tener unas cuentas públicas sanas.
Fuentes consultadas
- AIReF, informe sobre presupuestos iniciales de las Administraciones Públicas 2026
- AIReF, nota de prensa del informe de seguimiento del Plan Fiscal y Estructural de Medio Plazo 2025-2028
- AIReF, por qué las cuentas públicas no se entienden mirando solo un año
- Ministerio de Hacienda, ejecución presupuestaria hasta marzo y abril de 2026
